¿Alguna vez sentiste que sabias que sentía el otro por vos? Que todo estaba bien, que podías ser natural, confiarle todas tus cosas. Pero en el momento en que menos te lo esperabas, cuando estabas desprevenida , te clavan un puñal por la espalda o peor: en el pecho. Quizá no lo haya echo con intención, pero simplemente eso que te dijo o eso que te hizo te dolió tanto que no había otra forma de describirlo. Le echas la culpa a él, decís que lo odias, que es lo peor que te paso en la vida y que tenes que sacártelo de la cabeza. Después recapacitas, y te echas la culpa a vos, porque vos sos la que te enamoraste de él tan ciegamente. Y de nuevo caes en que no es tu culpa, sino la de él por seducirte con sus “encantos”. En esto no hay reglas, no hay manual de instrucciones. Acá todos tenemos la culpa, nadie se salva. Es un juego. El juego más difícil que jamás hayas jugado. Ni los mejores podrán superarlo. Pero no importa. Porque cuando te gusta alguien no pensas en eso, sino en esa persona. Y lo haces todo el tiempo, todos los días. No te cansas. Te volves insoportable para los demás. Estas feliz y decís que nada malo puede salir de esa relación. Pero, ¿De qué relación si todavía no existe?

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